martes, 10 de mayo de 2011

Humbert Humbert regresa

Así se junten las palabras y hagan una pomposa composición, no llegarían a sentir lo que hoy (ayer, antes de ayer, hace una semana, hace siglos) pude saborear, palpar, olfatear, ver y oír. Bastaron dos palabras para que se me sea revelado el universo de pasos, de los que suenan despacio y cuando uno se cruza… es el todo.

La puerta trasera del cementerio nuevamente tornaba sus colores más cercanos al gris, pero el cielo lo combatía con su ocaso a quemarropa. Los muertos descansaban, quizás recordando que nunca lograron ver lo que venía después, pero yo estaba a punto de divisar realmente lo que el futuro traía bajo las mangas: Humbert Humbert, venía caminando lentamente.

El otoño fue borrado por la contagiante liquidez de esos ojos que traen el mar, me iba acercando y noté el esbozo de una sonrisa oprimida, en el que las comisuras aman ensancharse y las mejillas les niegan permisos.

-¿En dónde te habías metido?

Nos demandó tiempo precisar el tiempo que no cruzamos miradas y más.

-¿Casi un año?

El tiempo advierte leves empujoncitos o muchas veces te arrastra por un camino lleno de piedras, los sientes más, se quiebran las piernas, las espaldas, los sudores lloran y las pieles dejan de renovarse.

Nos desenvolvimos para evaporarnos, calentar nuestros dedos aún alejados y desposeer todo lo llovido sobre nuestros hombros.

Zigzagueando un brazo me tomó de sorpresa los hombros y un leve tirón terminé arrastrado a su lado tibio, el nidal que se deja alguna vez y luego se deshace esta vez fue recontraída y concibió una nueva vida.

-¿Me extrañaste?

¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
de espadas que los tártaros soñaron,
dónde los fuertes muros que allanaron,
dónde el Árbol de Adán y el otro Leño?
El presente está solo. La memoria
erige el tiempo. Sucesión y  engaño
es la rutina del reloj. El año
no es menos vano que la vana historia.
Entre el alba y la noche hay un abismo
de agonías, de luces, de cuidados;
el rostro que se mira en los gastados
espejos de la noche no es el mismo.
El hoy fugaz es tenue y es eterno;
otro Cielo no esperes, ni otro Infierno. (*)

Sólo pude realizar lo único que se me permitía hacer: acercármele para darle un abrazo imperecedero y eterno. El miedo ya no me apabullaba más con esa conciencia que destiñe el sentimiento que llevan consigo los grandes amantes.

-Carlos, estoy fuera de mí, puedo hacer o pueden hacer de mí hasta un barquito de papel… ése que se moja y se hunde simultáneamente.

Calló un momento y me miró con malicia, sus labios se convirtieron en el fulgor del fuego mismo y me llevó mucho más lejos.

Nos ocultamos entre las infinitas sábanas y del silencio salieron calores, vapores y hasta estertores.

Fragmentamos nuestras partes como rompecabezas y las unimos sin regla ni simetría alguna para juntarnos, liberarnos de la amargura, dejar las otras voces atrás, debajo de la cama.

Acaso en aquel momento me cubrí de una caperuza para enloquecer y él derramó un triste puñal sobre mis labios. Pululantes.

Acaso aquí terminó todo, mientras otros dan pasos, nosotros dejamos de darlos. En ese caso, hemos partido muy lejos…

Hasta volvernos a ver pronto.
  

(*) Poema EL INSTANTE de Jorge Luis Borges

lunes, 25 de octubre de 2010

Humbert Humbert

No son las personas las que pasan al siniestro mundo de la eternidad, sólo dejan huellas, rastros, vestigios, hechos, señales, recuerdos, aromas, besos, abrazos. Su esencia es la que forma la historia y su existencia es la que mueve las cosas.
Hoy no lo soñé como hace trece años, fue real.
Anduve y desanduve.
Humbert Humbert tomó forma, adaptó un cuerpo y bajo la lluvia nació…
Sus ojos son muy claros, dejan a sobreexposición su alma, han superado la transparencia del vidrio con los que cubro mis ojos. Sus facciones son mórbidas, su perfil denota el apogeo a sus cuarenta años, las canas que amenazan desde la superficie más suave del rostro, tiene la altura apropiada para su abyecto pensamiento. El placer con el que enjuaga sus labios y finge una sonrisa a media luna es como si al ver tal ademán mis palabras se ahogaran en el plenilunio. Aquel par de cejas que han sido moldeadas por su lastimera inocencia sombría. Y esa voz que fortalece hasta al más endeble de los músculos e inspira no sólo a crear una melodía, también un escrito.

Vamos, esto recién ha empezado y terminado.

He visto la luz hace veintidós años, y he sido lucífero desde hace cinco. Mi padre ha sido retraído y olvidadizo de las cosas y personas, mi madre poseía la vehemente concupiscencia. Hace poco vivían juntos, mucho más antes también, ambas deleznables. En la época del mucho-más-antes tuve un sueño que me sirvió de superficie para empezar a escribir mi diario.

Terminaba una gran guerra, sostenía a alguien del hombro derecho.
–Quiero descansar –dice cabizbajo–.
Nuestros trajes mutaron: los de camuflaje a los civiles.
Nos encontrábamos frente a un televisor. Notaba a cada momento sus expresiones cansinas. No había palabras, y si las hubo las olvidé.
Salimos, cruzamos una avenida ancha y nos pusimos a comer. De pronto sale una jovencita de cabello ondeado y largo.
–¡Habrán cumplido con lo que les dejé!
–Yo comí hace años –responde él y comienzo a reír–.
Luego nos situamos en un lugar muy alto, desde donde divisamos el mundo entero.
Las imágenes se cubrieron de una pantalla negra. Se cerró el telón.
Un salón de clases, una única carpeta, yo en ella y él en la pizarra. Tocaba salir de campamento, se hallaba ya un compañero del colegio a mi lado y mientras nos alistábamos dejé de observar al que fungía de profesor. Pero sentía aún su presencia.
En la altamar se encontraba un camarote, me encontraba en el segundo nivel algo inquieto, tuve muchas ganas para bajar y dormir con él, sin embargo, ya no se encontraba ni sentía su presencia.
Otro personaje apareció, forcejeó con él y lo metió a una ducha. Otrora lo buscaba desesperadamente junto a mi compañero que hablaba sin parar.
Llegué a la ducha y vi cómo le tapaba la boca. Quería decirme algo, pero el otro se la apretaba más y logró ahogarlo.
Los sucesos se hicieron rápidos. Lo llevé a un hospital, se curó y fuimos felices –así está escrito en mi diario–.
Caminábamos lento en medio de una luz mortecina hasta que me encontré con mis padres y les presenté. Recuerdo exactamente la expresión que puso mi papá al verlo porque fue como si se hubiese congelada como una foto en mi mente.
–Es tu hermano mayor.
Lo abracé. Sentí que no era él, sus forma (no sólo físicas) variaron gradualmente con cada escena. Escena, escena, escena, escena. Su esencia.

Mucho he supuesto de aquel sueño, he conjeturado ideas, lo he contado a pocas personas, he tratado de usarlo como oráculo para mis eventuales comuniones y desvaríos frente a otros.
He llegado a un acuerdo.
A) Ponerle nombre: Humbert Humbert.
B) No creer en la unificación mediante una persona específica debido a que hasta hoy sé que el patrón universal son los sueños y los específicos los humanos. Y ha tenido muchos nombres, cuerpos, ojos, labios y olores. Todos han sido en un momento Humbert Humbert o sus partes, así que todos conformaron un rompecabezas mayor. Uno tenía el garbo y la voz; el segundo poseía más características, el brillo ocular, labios tímidos con los que no sólo me contagiaba de él, me volvía parte del silencio, se oponía a la dirección a la que apuntaba y la complementaba a la vez; el último, su nobleza.
Si peco de profético-simbólico, se han cumplido alguno de los pasajes del sueño. Faltan los finales, no obstante, eso no significa que vendrán más partes de Humbert Humbert u hoy por la tarde haya sufrido de una alucinación atemporal.

Media hora para las diecisiete horas. A medio camino me sorprendió una lluvia, la gorra con la que salí para cubrirme del sol me sirvió para proteger las gafas de la lluvia. Fue un risible fenómeno natural, el sol huyó y las nubes grises se acumularon como las vicisitudes se acomodan en algún momento.
Era cuestión de andar bajo las casas que tienen los techos sobresalidos, pero los muros a espaldas del cementerio no lo tienen. Las resinas de las gafas estaban mojadas y tuve que quitármelas. El astigmatismo y la niebla convirtieron el panorama en una dimensión difusa, la poca claridad me aturdía. Sólo eran manchas medio raras que vagaban, unas se movían más rápido que otras, unos eran más inciertos que otros.
Al frente, en la esquina, se refugiaba una silueta y decidí pararme también hasta que escampe.
–Hola.
–Hola.
La lluvia arreciaba, fijaba la mirada hacia las calles anegadas totalmente. Lamentaba no poder continuar. Sentí un calor austero que emanaba. Estaba en casa, me sentía alojado en aquella esquina. No podía imaginarlo, necesitaba comprobarlo. Limpié mis gafas y volví a ver. Todo era distinto. Una camisa negra estaba frente a mí.
–¿Qué haces por acá?
–Me perdí creo...
–¿Buscabas alguna casa?
–Sí, la de un amigo que no veo hace mucho tiempo.
–Y si ya no existe esa casa o quizá el amigo.
–No quiero suponer eso.
–Las personas no somos eternas y tu amigo no se salva de esa.
–No digas eso.
–¿Y si tú has dejado de existir para él?
–Entonces me perdí.
–Ambos estamos perdidos.
–Quiero quitarme las gafas nuevamente.
–Así lo hagas, no cambiarás las cosas. Mira, sigue lloviendo.
–Esta es la lluvia más triste que he visto.
–¿Vamos para allá?
–Para qué.
–Siempre tienes que saber hacia dónde y por qué vas.
–Sí… creo.
–Entonces esta vez deja de creerlo, sígueme.
Tuvimos que caminar uno detrás del otro hasta dos cuadras a la derecha. Cuando decidió ponerse para el otro lado de la vereda y poder estar parejos. La lluvia cesó.
–Falta una cuadra.
Llegué a un lugar oscuro, no tanto cómo pueda haber escrito esto. Sentí un cansancio tremendo. Me recosté en una cama muy suave aunque pequeña, quise taparme con una chompa azul que ya se encontraba mojada.
–Te conozco de algún lugar.
–Presiento lo mismo, tocayo.

Rechacé despertar, pero me levanté.

Estaba dentro de mis pensamientos. Las palabras circundaban en espiral, siguiendo el trayecto de cadenas. Quise sólo recordar una cosa: aquel día.

Suena Crystalised, me revuelvo entre las sábanas y contesto. Era él, me confirmaba la hora para encontrarnos.
Camino con torpeza, choco con los sillones, me lavo la cara, tiendo las sábanas de la cama que me había acogido como las hojas de agosto. Tengo un poco de melancolía dejar esa casa, sé que en algún momento la dejaré para siempre y eso me acongoja un poco. Es como una puñalada que se clava lentamente. Me doy tiempo para mirar la sala, están ahí los sillones de siempre, la mesa, el esquinero, el televisor plomo, el bonsai y el gran espejo en la pared. Tomo mi juego de llaves y salgo con el mismo nerviosismo con el que salí a hurtadillas la primera vez que me escapé para irme a dormir a otra cosa.
Solea y empalidece. Llego al lugar acordado, pero ha sido cambiado. Camino por la avenida paralela por donde caminé la primera vez, esta vez no era a oscuras, había más luz que nunca. Frente a frente nuevamente, como cuando se encuentran las dos partes de un ying yang y nunca pueden unirse. Caminamos, y eso es lo mejor que hacemos. Vamos a comer de El Sur, digerimos con música de Los Errantes y continuamos con la caminata para bajar la grasa y aumentar el apetito. Teníamos que conquistar otras tierras, exactamente, otros distritos, en especial al Lince. La tarde suavizaba los colores y si alguna palabra fue necesaria recordarla no servía, me entregué a las calles que durante la secundaria siempre fueron y serán como la tierra prometida o el sendero perfecto por el que siempre caminas y nunca quieres que tenga fin. Mariátegui, para ciclistas, para los que quieran cortar camino, para los que quieran caminar sin muchos carros jodiendo con las bocinas y para los que quieran dejar sus huellas en estas eternas veredas, donde hasta se puede oler la de mis mejores amigos del colegio.
En silencio los mejores ocasos susurran y a lo largo de la avenida Brasil se escuchaba como si fuese un piano que se extingue en sus notas menores. Y allí estaba. Al borde de la Magdalena y su paroxismo se pintaba en el horizonte. Duró segundos, minutos, pero no horas. Esa efímera llama roja se extinguió, se vació en el sinfín del mar.
Fue el momento para retornar y el camino tuvo más palabras.
Una habitación. Estaba creada para ese momento. Cruzamos las llaves, los brazos, las piernas, la úrea. Una equis estaba presente en todo. Lo prohibía.
Bajamos y la psicodelia nos demostraba que no sólo actúa sobre la música y las cosas, sino también sobre las personas. Licor, licor, licor. Probé un primer abrazo y me recosté.
Subimos nuevamente y había sido poseído por la desmemoria.
Cumplir es ciclo vital nos corresponde a todos como a aquel día le correspondió cumplir con sus veinticuatro horas.
Por eso no recuerdo si dije o no lo que tanto anhelé decirle alguna vez o esa esencia se transformó en un sueño.
Me quedé dormido y esa noche duró para siempre.

O así lo creí, porque no tuve imágenes en la mente, fueron pensamientos, recuerdos, todo se me vino a la cabeza durante esa estancia oscura.

Humbert Humbert ahora era todos, todos eran él. Sus rasgos perecederos: el amigo, el compañero, el amante, el guía, el hacedor. A éste le atribuía una fiebre apaciguada que rebrota mediante la coloración de sus pupilas.
Los metales pasan por la copelación, pasé por un estado parecido durante algún momento de ese eterno sueño
Humbert quiere compartir más momentos conmigo y yo con él. Quiere hablar. Lo necesita. Yo no puedo.
Humbert Humbert es amable, muestra una caballerosidad fastuosa
Humber Humbert está cansado de su familia y explica por qué. Por qué le es necesario que haya tenido familia, pero que se defrauda de sus hijos que ya han roto sus vínculos.
Humbert Humbert no pierde las esperanzas e intenta nutrirse de las inmaculadas almas. Se puede casar cuando quiera porque aún no lo está.
Humbert Humbert luce cansado por momentos, se fatiga rápido por el corazón.
Humbert Humbert dice que sin hijos no hay familia y el otro Humbert Humbert lo niega.
Humbert Humbert dice que ella y él siempre estarán lejos o aparecerán cuando quieran.
Humbert Humbert es uno de los amigos que se conocen en las borracheras.
Humbert Humbert es breve con sus fantasías, es indiferente con el fuego fatuo que late desesperadamente y se le cuelan en los ojos. Oscurecen, ensombrecen todo.
Humbert Humbert abre las manos, se le notan los dedos (suaves, tersos, como los de un bebé).
Humbert tenía el semblante del Humbert Humbert de mis sueños.
Humbert Humbert estaba desperdigado como todas las ideas que acumulé estos cinco últimos años.
Comprendí lo fácil que sería tener un amanecer y no abrir las ventanas porque por ellas se fugan los grandes amores. Pero es necesario tenerla abierta o ese gran amor se asfixiará.
Había empezado a abrir esa ventana, asomarme y ver cómo atardecía a mis 22 años en el que comprendía mejor la existencia de Humbert Humbert en mi vida.

-¿Aún sigues durmiendo?
-No estoy durmiendo.
-Entonces abre los ojos.
-Tengo miedo.
-Es mejor que lo hagas.
Los abrí y mi vista cayó exactamente a los suyos. Me encontraba tendido en mi cama. Otra vez me había perdido en esos sueños oscuros donde sólo hay pensamientos.
Busqué un calendario y un reloj. Qué me había pasado. ¿Era yo Humbert Humbert?

domingo, 22 de agosto de 2010

El arrullo de las calles

Tercer domingo de julio, el primer día del pollo a la brasa y todos comen como apresurados: el peruano amante de su comida bien sazonada. Por el otro lado un niño pega las mejillas al vidrio de la puerta de la pollería, queda inmóvil, sólo existen ademanes, esa conversión de sus mayores deseos en movimientos lentos de los labios resecos. Las dos caras en un mismo tiempo, mientras una marca de gaseosas ha creado hasta el día de la Noche de la comida peruana, los otros soportan hasta dos días sin comer. Un muro que por ser transparente es más cruel y se erige entre ambos, aquel muro que humedece ojos y araña paladares en forma de saliva.

 
Los domingos se han hecho para trabajar


Ellos han olvidado que Dios se declaró agotado y descansó el sétimo día de la semana, pero para ellos los domingos son los días en los que tienen que ponerse más moscas porque hay más gente a quien lustrarle los zapatos para la cita y decirle –o hasta reclamarle– que aprecie el arte.


Ellos están en toda la ciudad, a que algunos los vean transparentes, les irrite, les acongoje, los enternezca o trate de ayudarlos es cuestión del muro que la sociedad ha construido; pero siempre están ahí, esperando llegar a acumular diez o veinte soles, porque ése es sueño: llegar a casa con algo para alimentar sus estómagos y parte de lo que les queda de vida.


Ellos, aunque les falte o estén en espera de un Víctor Hugues que por la noche rompa la aldaba de sus casas y los lleve por otros rumbos como a Sofía, Carlos y Esteban en El siglo de las luces de Alejo Carpentier, es lo de menos, porque ignoran los paseos dominicales con sus padres y con su silencio moldean una ceguera blanca que ilumina hasta lo más oscuro que podamos tener en el alma.


Ellos tienen nombres, sólo nombres, pues para el gran espíritu tras de ellos las palabras quedan como calificativos insignificantes. Ellos son José, El gato Félix, Denis, Cochinín y Leyel, Cuchi, tres niños que han aleado su miseria con la inocencia que aún brilla inmensurablemente en sus pupilas.

Despierta, mira que aún amanecerá


Es lunes y mientras los gallos cantan por la zona, Alicia se levanta presurosa para hervir agua y buscar algún mate para el desayuno. Grita: “José, apúrate, ya voy a salir”.
José despierta cansado, intenta no despertar a su hermana aún y escucha las indicaciones que le da su madre: “A las seis vienes para ayudarme a enjuagar la ropa y le dices a la Leyel que salga temprano”.
La hermana despierta, su panorama son cuatro muros por los que pagan treinta soles al mes, se pone el uniforme y reniega que este año le haya tocado el turno de la mañana, toma una taza con manzanilla, se pone la mochila encima y sale haciéndose las trenzas en el camino, en tanto José ya ha llegado a la casa de una vecina y está enjuagando las ropas que su mamá cobra cinco soles la docena.
A las diez de la mañana, José se pone al hombro su caja para lustrar zapatos y con la mirada hacia el vacío deja atrás aquel asentamiento humano abigarrado: Justicia, Paz y Vida.


En el camino se detiene en el hospital regional para ofrecer su servicio, si no ha logrado una boleada sigue para adelante hasta llegar a la plaza Constitución y en pleno sol de mediodía ganar algo para comer.
A las tres de la tarde tiene algo de sencillo para subirse a una combi que va a Chupaca y si no tiene para el pasaje o no le dio ganas de pagar, burro-fuga nomás con tal de estar en la mesa y almorzar un segundito o una sopita de quinua.
Todo es en base a cuánto han logrado juntar, si es menos de diez soles ya no irá al colegio y tendrá que salir con su hermana de ocho años, más para protegerla que le preocupa ante todo que salvar la nota de Matemática por la que ha salido jalado con cero ocho.

Gajes del oficio


La laberíntica ciudad de noche se hace con las horas inextricable entre sus habitantes, sus costumbres, sus discotecas con olor a desenfado, sus borrachos hinchados, sus pollerías a cada paso y sus niños en cada esquina pintando algo con las tizas que se han podido chorear de sus colegios.
A José y Leyel los une ése vínculo que ni la distancia puede asolar, se llevan cinco años y él ha desarrollado una coraza tan dura como la de un padre hacia ella.
Llegaron a la esquina de la calle Piura con la calle Real y se encontraron con Denis, al que le dicen “Cochinín” por el hedor que emana. Dejan de lado sus nombres pasa asumir sus apodos como alter ego que está expuesto a todo. José asume “El gato Félix” por su segundo nombre (Félix) y Leyel “Cuchi” por que de bebita fue gorda.
Los tres se vuelven inseparables, los dos varoncitos se encargan de cuidar a Leyel ya que por ser mujercita está expuesta a más peligros y lo saben muy bien porque un momento la dejaron sola en la mañana y cuando regresaron estaba llorando debido a que un borrachito –como ellos mencionan– le quitó los tres soles que había acumulado y borró los ojos del Mickey Mouse que habían pintado sobre la vereda.
El gato Félix tiene los ojos hinchados y rojizos, le pregunto el porqué los tiene así y me cuenta que hoy tuvo un problemón con una tía loca por la tarde. “Yo decía: apoya al arte, apoya al arte; ella me dijo: ¡calla, chibolo terocalero! Y yo le contesté: ¿acaso tú me has visto con terocal? Y para qué, la tía vino después con un señor que le echó un balde de agua a mi dibujo y pisando así, así (haciendo ademanes) lo borró”. No es la primera vez que le sucede algo así ya que en los restaurantes les gritan igual y todo por culpa de los pirañas del puente de la avenida Huancavelica que fuman marihuana.
Cuando les pregunto si es que tienen algún lugar específico o un horario determinado para vender caramelos, lustrar zapatos o pintar dibujos animados, ellos dicen que hay mucha competencia por la esquina de la calle Breña y Real si es para hacer dibujos, Cochinín saca una hoja con dibujos impresos y le pregunto cómo lo obtienen y los tres dicen al unísono “en la impresora”, Leyel detalla más “vamos a una Internet y le decimos a la señorita que nos saque dibujitos y ella lo saca… hay veces nos regala ya”; si es para lustrar zapatos es mejor en la plaza Constitución porque en el parque Huamanmarca hay señores que cuando les lustras se hacen a los locos y se van sin pagarte, “hay puro misios nomás ahí” dice Cochinín medio abrumado; si es para vender caramelos en la entrada de las pollerías La Leña o en El viejo madero porque hay más gente de Lima que sale de ahí. Sólo reciben dinero de esos lugares mas no algo para comer, “hasta los huesos se los llevan para chuparse en sus casas” bromea El gato Félix.
Los días que les toca estar todo el día ya tienen su casera para almorzar, la señora Maura que les vende sopita a un sol “y de dos o cinco soles con presa” agrega Cochinín y José me orienta “si quieres ir, del palacio municipal a tres cuadras nomás para allá, arriba”. Y es para arriba para donde miraron ese instante como imaginando el rostro de la señora Maura dándoles de sus sopita.


¿Quién robó mis juegos?


Si se busca algo para entretener los ojos, despejar la mente y barato: está el pinball. En el jirón Arequipa, entre la calle Lima y Breña se esconde entre una cortina sucia a medio cerrar el centro de la ludopatía.
“Con veinte céntimos llegamos hasta la final de Metal Slug, ¿si o no?” interroga Cochinín a El gato Félix y éste se queda callado luego dice “Sí, pero mi mamá dice que si entro ahí me voy a enviciar y me voy a gastar toda mi plata… por eso voy dos veces nomás”, mientras Cuchi sólo los había escuchado interviene orgullosa “yo más bien no sé jugar eso” y Cochinín para ningunearla dice pensativo “hay bonitos juegos” mientras aspira los mocos ya que una gripe lo tiene así hace varios meses según él, “gripe porcina será” bromea El gato Félix”.


Cochinín y El gato Félix están en la secundaria, en primer grado y segundo respectivamente y dicen que les gustaba más la escuelita porque jugaban más en el recreo, ahora como todos son casi viejos a las justas juegan fútbol y nosotros nos metemos. Cochinín parece que duda, él está en el turno noche en el colegio José María Arguedas porque no alcanzó vacante para estar en la mañana o tarde, de pronto sus ojos forman un vacío, una especie de agujero negro que comienza a absorber todo cuanto esté al alcance de su vista.


De la Navidad lo primero que responden es comida como El gato Félix “a veces tomamos esa leche con… leche con chocolate o mi mamá prepara rica comida”, es el único que menciona algo al respecto, Cochinín se mantiene callado.


Mis sueños son pesadillas


Una vez ya con algo de confianza les pregunto a cada uno cuáles son sus sueños y cada uno interpreta diferente la palabra.
El gato Félix: “Yo no sueño, yo tengo pesadillas a cada rato y mi mamá por eso en las noches me rasca la cabeza para que ya no den esos sueños donde a ella le atropella una bicicleta”.
Cuchi (siguiendo lo de su hermano): “Yo cuando tengo pesadillas lloro”.
Cochinín: “Tenía, pero ya me olvidé”
Insisto para poder hallar algo entre las respuestas que me han provocado escalofríos. Les pregunto si quisieran tener algo, algún regalo tal vez.
El gato Félix: “Una bicicleta o una casa para no estar pagando por ese cuarto”
Cuchi: “Yo… no”
Cochinín: “Un carro… o un tractor mejor”
Y qué quieren ser de grande les pregunto dos veces porque a la primera los tres contestaron “cualquier cosa”.
El gato Félix: “Policía”. Cochinín interrumpe y dice “para matar gente seguro”. Y los tres ríen por varios segundos.
Cuchi: “Yo… no. Cantante tal vez”. Su hermano agrega “ella canta bonito en la casa”.
Cochinín: “Profesor”. Le pregunto de qué curso y me responde nuevamente “de cualquier cosa”.
 
Papás, donde las papas queman


Hay una diferencia muy grande entre El gato Félix y su hermana con Cochinín. Hace cinco años El gato Félix vio morir a su papá y sin rodeos lo cuenta, “estaba fumando la marihuana, se desmayó y se cayó”, a la vez se le iban los recuerdos a su lado, cuando su papá era chofer y lo llevó para conocer La Merced, se le diluían y humedecían sus ojos. Él ahora a asumido el rol, es como si un gran agujero fuese llenado por una pequeña materia y quedase una oquedad que la intenta cubrir su madre y que es interrumpida por su tío que ha llegado hace unos meses de Lima, pero que se pone a chupar y a veces ayuda. Inmediatamente y como ha sido usual, Cuchi bromea y dice “Papito le ha enseñado a pegar a mamá, yo he visto, y mi mamita le ha enseñado a pegar a mi hermano y él me está enseñando a pelear”.
Cochinín que vive cerca de la habitación de los hermanos tiene una casa más amplia, es de adobe, vive con sus papás, sus tíos y sus cuatro hermanos, dos varones (mayores) y dos mujeres (menores). Su papá trabaja en construcción, pero se fue a su pueblo para cosechar habas y trigo, piensa un momento para saber hace cuánto se fue, no lo recuerda con precisión y al parecer en sus ojos que se nublan indican años, deja pasar un rato en el que todos nos quedamos callados y dice que en vano traerá esas cosas porque nadie en su casa quiere comer porque se dedican a tomar todo el día nomás.




El final de la cena


Cada uno ha terminado de comer. Se sienten satisfechos. Cochinín vuelve a ser Denis y cuenta lo que su mamá le dijo en la mañana “Si otra vez el señor de El Mesón les invita pollo me traes aunque sea un poquito”. El gato Félix y Cuchi vuelven a ser José y Leyel y llenan en su bolsita lo que sobraron.
Salen presurosos y las almas asustadizas nuevamente. Se posicionan en la esquina de la calle Piura de Real para ver su dibujo, se arrodillan para volver a pintarlo porque al parecer ya ha sido pisado muchas veces, ellos van perdiendo su forma, son cubiertos por esa masa oscura que forman todos los transeúntes cuando pasan y repasan.


Los imagino irse a las once de la noche regresando a casa como me contó José y en las palabras de Leyel: A veces vamos caminando, caminando, conversando, conversando y si llegamos tarde, acuérdate que mi mamá sabe pelear.

Libertad, palabra compleja. Usada actualmente en muchos libros de autoayuda con esa connotación pop, tan irrelevante, superflua, vanidosa que nos aleja del transfondo que esta simple unión de letras nos puede otorgar. Por un lado.

La libertad inyectada en los medios de la comunicación, una problemática que abre una amplia gama de sugerencias, cuestionamientos, normatividades y aspectos legales. Sin embargo, pienso hacer de esa variedad un cuadro que brille por su pluralidad. Por otro lado.
El dueño y los dueños de la televisión
En base al artículo Los límites de la información por Abelardo Sánchez León en la revista Quehacer (octubre – diciembre 2009) he tomado varios puntos en consideración con respecto al tema tratado.
Uno de ellos se encuentra en la respuesta de Martín Carrillo ante la quinta pregunta: Yo creo que hay una lógica patrimonialista y de empresa privada. Por lo tanto, como es un canal o radio privado, programa y dice lo que quiere.
¿Es realmente eso cierto? Pienso que relativamente no, el dueño o dueños de canales de televisión –que es el medio más trascendental, aún no completo– está sujeto al interés del público y a sus empresas auspiciadoras. Toma decisiones, sí, tal vez inadecuadas como en el caso de Genaro Delgado Parker; pero su libertad como jefe de la empresa emisor está regulada, no por un marco legal –que últimamente genera dubitación con el caso de José Enrique Crousillat–, sino por un grupo social que es quien genera sus propios contenidos como indica McQuail en su teoría normativa que formula que los medios están sujetos a la voluntad popular.
Esto me genera otro cuestionamiento: ¿“La empresa receptoraes libre?
Entiéndase libertad en este caso como dicta el diccionario en su primera acepción: Facultad de obrar de una manera y otra, y de no obrar.
Los que eligen ver un programa determinado cumplen la misma función de quienes eligen no ver el mismo programa; sin embargo, entran aquí las tablas del rating y hacen de esto un patrón cualitativo que nos ayuda a percibir con mayor claridad el porqué un programa es más exitoso que el otro. Tal vez nos proyectemos como un integrante más del programa o seamos algo que desde nuestro oscuro interior nos hace sentirnos cómodos: en la casa de vidrio o simplemente de LCD ahora.
Jean Paul Sartre en el capítulo III: Las relaciones concretas con el prójimo de El Ser y la Nada reflexiona muchos aspectos de interacción. Uno que me pareció aplicable para tratar mejor este tema: Hay un para-sí y en-sí en presencia del otro. Cuando hayamos descrito este hecho concreto, estaremos en condiciones de concluir sobre las relaciones fundamentales de estos tres modos de ser y podremos quizás esbozar una teoría metafísica del ser en general.
El para-sí (cómo nos vemos) niega al en-sí (cómo somos), pero el dominante es el para-sí cuando se trata de elegir un programa porque sesga nuestra verdadera esencia, aleja lo máximo posible al en-sí y nos adormece en prototipos ideales, en estereotipos exagerados de nosotros mismo. Es entonces en este caso que dejamos de ser libres y comenzamos a ser prisioneros de este medio, nos disfrazamos de interés público, de libertad –ésa, la que comienza este ensayo– y asolapadamente pedimos más para alimentar a nuestro famélico para-sí.
Así que se puede afirmar que tanto el dueño del medio como los receptores no son libres de obrar porque existirá algo que les impida visto de este modo, o es que ambos van buscando la libertad del otro para lograr su propia forma de libertad.

Contra la limitación, yo me limito

Uno de los temas principales de las políticas de comunicación del siglo XX es la libertad de prensa, que a su vez ha causado más de un debate en diferentes espacios, desde el congreso hasta en la calle. Todos nos preguntamos si realmente deben existir límites para la libertad de prensa y si existirían, hasta dónde deben llegar esos límites, o sea, la limitación de la limitación.
Los gobiernos de turno han visto siempre en los medios el poder, más allá del sillón presidencial, ven un discurso como un megáfono que expande su poder. Es porque aún los medios para muchas personas es signo de credibilidad, confiabilidad y –en pocas palabras– verdad.
De la misma revista y edición, Ramiro Escobar La Cruz mediante su artículo Libertad bajo maniobra reflexiona el caso de los medios en América Latina y toma dos palabras indispensables para su entendimiento: Poder y Libertad.
Si tomo como premisa lo mencionado en cuanto a verdad, pues la verdad es colectiva: se forma de muchas pequeñas verdades. Por ejemplo, si es que existiese la verdad, ya no necesitaríamos leer más de dos periódicos para ampliar nuestro enfoque del hecho. Por ello no hay una manera objetiva de redactar, porque en la selección de palabras están ya una intención que anula el conocimiento fáctico de nuestro entorno. En pocas palabras, si esto es cierto, entonces podemos crear realidades o contextos y eso es justamente lo que hacen los medios: crear algo muy cercano a la verdad que con el nombre de verdad se ofrece como una manzana acaramelada.
Con respecto a libertad, vuelvo a insistir con el modelo con el que se terminó el anterior tema de la televisión pero esta vez aplicado al poder. Mientras el presidente quiere tener más libertad (caso como el de Hugo Chávez) le va quitando al otro su libertad de expresión. Van en relación inversamente proporcional porque mientras los venezolanos piden libertad, su presidente lo interpreta como el desprendimiento de su propia libertad –valga la redundancia del caso–. A diferencia del rating que va directamente proporcional a la violación de la privacidad, al facilismo de contenidos, a los temas soft, etc… Claro ejemplo fue en los años entrantes a este nuevo siglo, épocas en los que cada canal de televisión tenía un talkshow y era el plato preferido de las masas.
Volviendo al tema de las delimitaciones noto un defecto por el cuál creo hasta el momento no se puede tener una base legal definida para ponerle límites a la libertad de prensa y sucede cuando se le otorga más libertad a la prensa, ésta entra en la Segunda actitud hacia el prójimo: el sadismo (volviendo nuevamente con Sartre).
Se exasperan los editores, los auspiciadores ponen reglas al juego y se necesitan de los contenidos más agradables. Entra el ser-para-otro, la imagen que vendemos, la que consumen los demás de nosotros que en pleno surgimiento al mundo se puede elegir mirar la mirada ajena y construir una subjetividad sobre el derrumbe de la ajena y eso exactamente hacen los medios de forma sutil como se define el sadismo. Esa misma barbarie que se propaga en los emisores provoca un efecto: piden más porque ya son sádicos. Otrora estos mismos emisores son quienes quieren poner límites a lo que consumen, suena irónico. Pero desde mi punto de vista suena utópico que logren sus cometidos. Ya explicado, creo que no sólo se puede aplicar en lo mediático, sino también en lo social, así creo nació la crítica radical de la cultura de masas realizada por Dwight MacDonald en Masscul y Midcult.
Luego de tratar la libertad y la limitación en el campo de los medios de la comunicación tengo algunas inferencias al respecto.
No podremos a llegar ser libres de nuestros para-sí y andaremos persiguiéndolo por cualquier medio, sea en radio, TV, periódicos, Internet. Porque así aprendemos a discriminar y elegir lo que nos conviene, ahora la base sea el grado de instrucción que tengas y nos pueda ayudar a discriminar mejor los contenidos que vierten. Así nosotros podremos ser los limitadores de la libertad banalizada que actualmente circula.
La paradoja que nace es que mientras podemos ser los limitadores, tenemos el poder de quitarle límites ya sea al periodismo (como ejemplo), ya que los que ejercen siempre justifican su contenido en “nosotros damos lo que la población pide”. Y si vamos pidiendo indirectamente temas que sólo nos quitan la libertad de nuestro ser, pues caeremos en un círculo vicioso que se repetirá una y otra vez en nuestra historia.
Una propuesta puede ser adentrarnos más en el mundo de la Internet que ya ha cobrado vida mediática desde la creación de los sitios Web personales o blogs.
En nosotros está el cambio social hasta que no se intensifique la delimitación en este medio de comunicación que ya empezó, para mencionar el caso de China que restringe a Google por la libertad de sus contenidos. Hasta eso, pasarán muchos años tal vez o a la velocidad en que vamos –virtualmente hablando– suceda en un par de años, así que debemos tomar la delantera.
En cuanto a la televisión, creo que tiene un destino fijo al igual que nuestra sociedad: preocuparse más por el consumo, la cantidad, la competitividad y el éxito. De ese modo el paso a la nueva televisión digital no será el gran cambio también el paso de la televisión con contenido social a la televisión con contenido mercantil, todo serán propagandas y tal vez llegue el momento en el que nuestras conversaciones derivarán de los productos que se ofrecieron en el programa de moda regido por el rating –que hasta ahora sigo siéndole escéptico–.
Por último, de nada nos servirá preocuparnos en liberarnos mediante el otro (ya sea un medio de comunicación) porque ni en el pasado lo hemos logrado con otras personas con las que teníamos contacto directo. Sólo queda preocuparnos en saber discriminar los contenidos, no limitar, porque es probable que cuando queramos limitar algo estemos queriendo limitar nuestra propia libertad.

Imagen: Apaga la tele de J. R. Mora

Stylo es el primer single y video clip del tercer álbum de estudio, Plastic Beach, de la primera banda virtual Gorillaz conformada por los conocidazos: 2D (voz), Murdoc (guitarrista), Russel (baterista) y Noodle (fallecida), esta vez animados a 3D a diferencia de sus videoclip anteriores y con la colaboración de Bobby Womack y Mos Def.

Desde que salió la portada desde la quincena de febrero los rumores circularon por la web al ver nuevamente a Noodle, quien desde el último video clip, El mañana, cayó con la isla flotante manejada por un molino debido a los tiros de los helicópteros del Gobierto Japonés. Pero Murdoc pudo crear un androide que en este video clip queda herido y deja de funcionar.
Otra sorpresa voceada es la presentación del actor Bruce Willis en pleno tiroteo y como dijeron mis amigas: "se mantiene bueno". Por los comentarios dejados se supone que esta canción conforme parte del soundtrack de una película que está rodando alrededor del mundo.

La mítica alrededor de la banda sigue en pie ya que se presencia la sombra negra con la que Russel -en especial- fue posesionado y la destrucción de su casa de estudio "Kong Studios" como se ve en los trailer Slow Boat to Hades y Rise of the Ogre.

Según una entrevista con "Q Magazine" La banda no se había visto desde su presentación de Demon Days en el Apollo Theatre en Harlem NY. Y Murdoc se habia refugiado en una isla completamente alejada del resto del mundo en el Punto Nemo, el punto mas inaccesible del mundo, donde estableció una base la cual se convirtió en la nueva base de los Gorillaz llamada "Plastic Beach" la cual Murdoc dice que esta hecha de toda la basura del mundo; y los Kong Studios fueron incendiados por Murdoc para hacer una estafa al Seguro, también acotó que Plastic Beach sería el último álbum de Gorillaz.
Por el momento YouTube ha censurado el video para Latinoamérica... como los miles que existen y no podemos ver.

lunes, 15 de febrero de 2010

El catorce

Este año no escuché el timbre de mensajes del celular, simplemente desperté como en cualquier otro domingo. Al parecer no iba a escribir a nadie así como en el post del año pasado Ingrato, escribe.


No hubo lluvia, Limabows ya estaba resplandeciente, abrazaba fuerte y en las brasas del verano continué. Esperaba mientras que el reloj acelerase y pueda llegar a las cuatro de la tarde.
El anaranjado matiz sobre las casas a la tarde la empapa de belleza, calidez y más que los vecinos parecían haberse alejado a algún lugar de ensueño a pulular, distraerse, pasar el momento con sus seres queridos, el día lo obligaba… algunos lo hacían deber.


Llegué al centro de Lima y la velocidad sumada al calor me parecía infecciosa y altamente abrumadora, hasta que pude ver a la persona que desde el año pasado me ha ido haciendo compañía y otras cosas.
Pudimos esta vez cambiar las cosas, no girar alrededor del mundo, sino quedarnos quietos en las faldas de Ares y ver cómo el mundo giraba alrededor de ambos, las palomas, los pasos, las voces, los que retozan con el globito en forma de corazón, rojo, rojo y más rojo por todo lado: los rubores, las manos sudadas, los labios resabidos, los corazones saltarines y lo demás.

La última vez que vi su cuerpo en el paradero sentí cómo se me estrujaban las entrañas y alguna parte de mi conciencia oscurecía como la noche que ya estaba enfrente.
Olí la brisa, las camas húmedas y el dulce del día antes de volver a los sueños que me despertaron con un sabor a pasados amores.
Foto: El cielo limeño de Cesar Cutipa/Flickr.com

sábado, 6 de febrero de 2010

Dos mil diez en dos

Dos mil diez. Un capricho exignte por el cuál estuve constante a venir a Lima se me concedió nuevamente, buscarle el “acto” o la “potencia” de aquello que lo provocó me ha estado preocupando estos últimos días en el que tuve un fárrago acechador que me ha llevado a pensamientos flojos y tomar por resultados los siguientes enunciados…


He desprendido los colmillos de la boca del lobo
frente a los coágulos en potencia
que cerraban el paso a
las palabras que me alimentaban
con la blandura de su pureza.

Tuve duda por forjar un poemario completo o realmente satisfactorio desde enero del año paso, pero a lo largo de los meses la velocidad, los sueños y los cayos que me salieron en los dedos pudieron realizarlo más como restos de varias etapas que tuve la virtud de escribir… una escombrera. No todo quedó paralizado, ahora me permitiré vacacionar de los Alprazolam, de los cuerpos raros y los labios que nunca debí besar.
Dos. Un tímido sol emitía un poco de luz entre las nubes mientras los carros iban y venían. Los que esperábamos en el paradero concentrábamos más en el horizonte que en el humo que dejaban los que pasaban… la noche ni señal alguna por llegar.

Si alguna vez de las cenizas
recogí un nombre
fue sólo para manchar mi lengua
cuando todo luzca demasiado brillante.

Habían pasado casi dos y la velocidad por las calles donde me encontraba era contundente, entre las luces de neón, entre las aguas, entre las camisas a cuadros, entre los boletos, entre el smog, entre los postes, entre el polvo, entre el cuerpo, entre la costilla, entre los brazos…
Lima había sido la misma, pude creerlo diferente, pero sólo se trataba de una ilusión creada por un complejo, del que escribí en el post anterior. Sin embargo, el cuerpo marchita, las heridas pican cuando no cierran bien, los amigos se desvanece en la niebla que el invierno pasado se llevó… los recuerdos son parte de un conjunto de hojas escritas con lapicero azul y lo demás –está claro– sólo sigue, sigue, sigue… y sigue.

Mi vicio...

¿Jugamos Ping-pong?